Por el camino viejo de la juventud
la memoria desenreda la espiga
y en la audiencia pública
de las cigarras tras los rosales
el sol exhala su veredicto.
¿Me acaricia el aire
o son las manos de mi madre?
Oh nostalgia, cadalso del tiempo,
qué ambivalente respuesta bajo
la sombra horadada de los alisos.
¡Qué embriagadora alegría
sentir nuevamente esta tierra
y qué punzante dolor haber
corrido, riéndonos, ribera
abajo en alcance del Duratón!
El ajetreo del agua ahoga
aquella inocencia perdida
y por entre la heroica dinastía
de las espadañas asoma
de nuestra infancia el colofón.
Tras una hilera plateada
de mariposas blancas:
la curiosidad trepa impaciente
la catedral del río, que cobija
a la pedanía en su regazo.
Desde la intemperie, tan solo
el futuro cierto, la caída libre
nuestra risa perdiéndose
en la frondosidad del bosque
montañas de arena y cuarzo.
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